Que mi mirada te llegue hasta el alma...
Había una vez una joven dama que luchaba por conseguir salir aunque sea un rato de su reino.
Ella, era la futura reina, pero sus padres no la dejaban salir hasta que se cumpla la ley mayoritaria de edad.
La joven creía que era imposible.
Pero un campesino se ofreció a llevarla a conocer el reino de al lado.
Ella, les comentó a sus padres esta invitación y ellos se negaron rotundamente.
El muchacho no tenía las condiciones, ni el dinero suficiente para emprender un viaje mínimo como este.
Pasaron los días y el joven continúo insistiendo.
A más no poder, los jovenes enamorados se veían a escondidas.
El padre los descubrió.
Y la princesa enfermó de rabia y angustia.
El campesino tenía más que prohibido ver a la dama.
Un buen día, con mucho valor, decidió enfrentar al Rey y le dijo:
-Señor, yo no soy más que un simple trabajador de tierras, no tengo nada que ofrecerle a su hija más que mi corazón y mi compañia eterna. No puedo embellecerla más, porque ella así como es ya es hermosa. No puedo dejar de verla porque mi corazón no lo soportaría. Y aunque usted me siga prohibiendo la entrada, yo insistiré todos los días, todos las horas y todos los minutos de mi vida, hasta que mi alma diga basta y no quede más remedio que morir.
Señor, le ruego que me deje entrar a ver a la preciosa dama, le prometo que no hablaré, ni la abrazaré, ni nada.
Solo le pido una oportunidad.
El Rey contestó:
-Muchacho, yo te dejaré entrar, pero en este caso estás perdido, mi hija enfermó y tiene una enfermedad que no se cura con absolutamente nada. Ella morirá pronto y el reino para ese entonces, habrá terminado.
El Joven asintió con la cabeza e ingresó en silencio al castillo.
Entró en el cuarto donde estaba la princesa y él, tal como lo prometió, no hizo absolutamente nada.
La muchacha lo observó y una sonrisa se dibujo en su rostro.
Pasaron los días y el padre le dijo:
-Muchacho, no sé que hiciste, pero mi hija es feliz de nuevo. Mira su rostro. ¿Cómo podre compensarte?
A lo que el campesino respondió.
Solo le dije con la mirada lo que sentía y lo que debía hacer ella para estar mejor.
Solo dejé que mi mirada le llegue a su alma.

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